Pues como la mayoría de las cosas todo empezó por
casualidad.
Fue una cena como otra cualquiera en casa de unos amigos
(recomiendo seguir el instagram de comida @eatgirl)
cuando sacaron un pan caliente, grande, en forma de molde pero más corto y más
alto, acompañado de la frase “Recién
hecho”. Lo probamos y estaba bueno, muy bueno a lo que les preguntamos si
lo habían hecho ellos y nos contestaron que sí, aunque más concretamente la
panificadora, que sólo era cuestión de echar los ingredientes y darle a un
botón, que se hacía solo y que incluso se podía programar para que se hiciese
por la noche y tenerlo calentito por la mañana. ¡¡QUÉ IDEA TAN GENIAL!! ¡¡ME
GUSTA!!.
La idea quedó ahí, un poco en el olvido, al menos para mí. Pero
para eso estaba Anais
que no dudó en regalarme una panificadora, ¡TENÍA JUGUETITO NUEVO!!!. El primer
pan fue un auténtico desastre, de hecho tiene apodo propio “el pollo-pan” (algún día lo
mostraré), a partir de ahí se fueron corrigiendo algunas cosas y poco a poco se
iban mejorando esos panes en la panificadora. Estaban buenos, sí, pero tampoco
eran tremendamente espectaculares y siempre con la misma forma, cambiaban los
ingredientes, harina blanca, integral, algunas semillas, pero en el fondo casi
siempre iguales. Cada vez iba usaba menos la panificadora, alargaba los días
entre su uso hasta que poco a poco y sin darme cuenta ya no la utilizaba.
El tiempo pasó, la panificadora quedó un poco olvidada pero
algo se quedó enganchado en mi subconsciente sin yo saberlo, y como no, otra
vez más, la casualidad tuvo un papel importante en esta historia. La cuestión
es que tuve que ir a buscar unos libros del colegio para Daniela y mientras
esperaba mi turno, como chafardero que soy, iba mirando los libros expuestos y
cual aparición allí estaba junto a mí en la cola, el libro del que había oído
hablar varias veces (PAN
CASERO de Ibán Yarza) y del que se considera uno de los mejores libros para
iniciarse en la realización del pan hecho en casa. Lo cogí, le eché una ojeada
rápida, pensé para mis adentros lo bonito que sería hacer alguno de esos panes
y…..lo dejé otra vez donde estaba. Por suerte, mientras estaba recogiendo el
brazo después de dejarlo, en esa fracción de segundo, en ese microsegundo en el
que se vuelven a conectar las neuronas del cerebro, reaccioné con sentido común
y me pregunté: “¿pero qué haces? ¿Por qué narices lo dejas?” volviendo a
estirar de nuevo el brazo y esta vez sí, quedándomelo y convirtiéndose desde
ese momento en mi libro de cabecera.
A partir de ese momento empecé a entender un poco más sobre
la fuerza de las harinas, el amasado, la importancia del reposo para que se
forme (lo que se entiende por buen) PAN, o el qué significaban esas dos
palabras que sonaban de forma tan rara, la Masa Madre, cómo crearla y como
mantenerla “viva”. Pero sobre todo entendí que para obtener un resultado óptimo
y saludable, vamos lo que viene siendo, BUEN PAN, lo que hay que tener es paciencia, sobre todo, paciencia.
Desde ese momento empezaron las pruebas. Al principio todo
era un desastre, poco a poco ya no todo era un desastre sino casi todo, más
adelante algunas cosas no iban del todo bien y otras empezaban ir mejor, hasta
que al final las cosas se iban poniendo en su sitio y los resultados eran algo
más satisfactorios.
En Noviembre de 2015 tuve la gran suerte de conocer en
persona al gran Iban Yarza, el autor del libro que tenía junto a mi mesita de
noche. Por sorpresa y sin esperarlo, me apuntaron a su curso “Introducción a la panificación artesanal”, curso
donde se realizó un repaso a los conceptos para hacer pan en casa, con un horno
convencional, con los utensilios básicos que nos podemos encontrar en nuestra propia
casa y sin necesidad de tener un horno profesional.
Sin darme cuenta ya estaba inmerso en el mundo de las
harinas y algo aparentemente “tan simple” como una barra de pan, puede tener
tantas cosas detrás.
Muchos saldrán mal, algunos bonitos, otros quizás salgan
buenos y hasta puede que salgan buenos y bonitos, pero sólo habrá una manera de
saberlo y es estando, nunca mejor dicho, “con las manos en la masa”.
A partir de aquí sólo quedan tres cosas, practicar, practicar y practicar.
Feliz pan.
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